3 de diciembre de 2005

Concentración 3-D: según Prosopopeyo

...según El Palimpsesto

La mañana soleada, el cielo límpido y la campaña mediática invitaban a pensar que la convocatoria de hoy sería un éxito. Y así fue. La organización (el Partido Popular) esperaba que entre 10.000 y 20.000 personas acudieran a la cita, y según las primeras estimaciones del Manifestómetro han sobrepasado los 30.000, quizá 40.000. Un acto ideológicamente aseado, "de perfil bajo" (como se dice ahora), coronado con un discurso sencillo, razonable y nada crispado del líder del partido (esta vez sí), Mariano Rajoy. Si este fuera el tono y el discurso habituales, otro gallo nos cantaría. Llegó en coche, por cierto.

Pasadas las 11:30, tras desayunarnos nuestros cafelitos, nos encaminamos al teatro de operaciones para cumplir nuestra misión. Esta vez se prometía más compleja de lo normal, puesto que nuestros movimientos se verían limitados por numerosos inconvenientes: el personal estará parado, no desplazándose y los niños de NN.GG. (no es impertinencia; algunos tienen aún los dientes de leche) vigilarán todo el perímetro de la plaza, en número de hasta 200, impidiendo la entrada en la misma de "elementos incontrolados", con el inestimable apoyo de las fuerzas policiales.

Cuando nos dividíamos para cubrir nuestras áreas asignadas, a eso de las 11:40, el speaker hizo la primera toma de contacto con el público, tratando de animarlo, pero con poca convicción y escasos resultados. De vez en cuando seguiría intentándolo con frases que recordaban en tono e intención al clásico "¿Cómo están ustedes?" que popularizara Miliki, así hasta que empezó a dar paso a los lectores constitucionales. A la altura de la calle Alcalá, en esos momentos fluían numerosos manifestantes hacia Sol, recibiendo la bienvenida de una pantalla gigante. Un pequeño hombre de rasgos andinos me pregunta: "¿Esto es de Aznar o de Zapatero?". "De Aznar", respondí, y él puso cara de susto. "¿Eres de Aznar?". Sonrío y niego con la cabeza. "Yo también soy de Zapatero", apostilla desapareciendo entre la multitud.

Intento moverme desde la altura de la Calle Montera hacia la del Carmen y me veo atrapado. "El clásico cuello de botella previsible que un avezado reportero, curtido en mil manifestaciones, debería saber evitar", me digo. Allí me quedo, oprimido cual novato. Y no por el Estatut. No soy el único; también han cazado a un barrendero. A la altura del Oso y el Madroño, donde estaba situado uno de los principales Checkpoint Charlie de acceso, asisto a la tremenda bronca que uno de los voluntarios del PP le tira a los chiquillos que custodiaban ese paso (cerrado con vallas) por dejar entrar a la gente en el perímetro restringido. "¡Los del Metro, el Ayuntamiento, la Policía y el Partido han acordado que la gente tiene que seguir para arriba y no entrar por aquí!" le grita a un chiquillo. Si no es por ese abroncado chaval y su manga ancha, la cosa se hubiera puesto muy malita para el que suscribe. El crío, asustado, responde "Vale, pero yo no me quiero llevar más hostias de la gente" y se dispone a cerrar las vallas. A mis espaldas. Estoy dentro del corralito y respiro aliviado, puesto que dentro se está bastante más holgado.

El speaker, a eso de las 12:15, anuncia la llegada de Rajoy, le pide que siga dando guerra y que dé caña; la gente se anima. Todo muy tranquilo a mi alrededor, nadie canta ni grita consignas, sólo aplauden. Aparece a mis espaldas una larguísima bandera española que los organizadores tratan de llevar hacia el centro de la plaza, ayudados por la multitud, sin reparar en que hay obstáculos en el camino. Después de pasar sobre mí, unos hombres encaramados a un árbol son capturados contra el mismo por esa patriótica red de arrastre. A ambos lados los chicos de NN.GG. siguen avanzando, cada uno arrastrando un extremo. Así estuvieron durante 5 minutos, tirando y tirando de ambas puntas, hasta que el listo del grupo les avisó de lo inútil de sus esfuerzos, justo a tiempo de evitarles un trombo en las piernas a los caballeros.

Hasta casi y media no empezaría el acto, con la lectura del Preámbulo por parte de la Fúnez. Le sigue una chica del PP del País Vasco, quien se presenta en euskera: "A mí que me hablen en español" dice un anciano que tengo delante. Todos y cada uno de los lectores constitucionales se irá presentando ante la masa repitiendo sin ninguna naturalidad la misma frase: "Vengo de .... a apoyar la Constitución. Artículo X". Los artículos, bien escogidos para tratar de arrancar aplausos entre los manifestantes, partiendo del hecho de que un texto legal no es lo más marchoso del mundo que digamos. Gustarán especialmente las referencias a la indisoluble unidad de la nación y a la igualdad de todos los españoles. Cuando una murciana lee el vigésimo ("expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra") la multitud estalla, gritando "¡COPE! ¡COPE!".

Cuando empieza a hablar Rajoy la gente le grita varias veces "No estás solo", además del esperado "¡Presidente! ¡Presidente!". El discurso es un coñazo (todo el acto lo es, sin lemas, sin pancartas, sin chicha), soso y nada mitinero, con lo que opto por zafarme y huir, para hacer los controles fotográficos de rigor en mi zona: Carmen, Montera y Preciados. Es la 13:00. En Alcalá me topo con los Beatles y con uno de los damnificados por los controles en la aduana de pancartas. Me deja fotografiar su camiseta, con un lema completamente inocuo, y me cuenta bastante cabreado que le requisaron una pancarta de cuatro metros con ese mismo motivo y que ahora no aparecen donde deberían los que prometieron devolvérsela. En el coche de la COPE recogen firmas de apoyo para su causa, pero sólo por un rato. Aún así, la gente seguirá buscando tiempo después un papel de esos para echar un autógrafo.

Soso el acto, soso el líder, soso el post. (Pero el viejuno con el chándal del Madrí cagándose en el "59 minutos" que cazó Rinzewind bien vale el viaje). Eso sí, esta noche hay fiesta.

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